El Suplicio De La Cucaracha.
La infestación llegó en silencio, como una humedad moral. Primero fueron sombras que cruzaban veloces al apagar la luz. Después, manchas oscuras en los rincones, antenas asomándose tras el tarro de café, un crujido seco bajo el zapato convertido en rutina. Él, Bichi Baeza Súchil, declaró una guerra silenciosa y sistemática: veneno, trampas, limpieza obsesiva. Las cucarachas eran lo contrario a la dignidad: supervivientes anónimas, cifras en una plaga.
Hasta que apareció Jondi Bujaile.
No supo por qué ese nombre le vino a la mente la primera vez que la vio
detenerse a medio metro de su silla, en medio del piso de la cocina, sin
correr. Era más grande que las demás, con un caparazón café oscuro casi
brillante, como pulido por el roce con la filosofía. No era hembra ni macho
para Bichi; era alguien.
Los demás insectos huían al primer movimiento, al mínimo cambio en la luz. Jondi Bujaile permaneció. Inclinó ligeramente las antenas, como un erudito ajustando los lentes. Bichi contuvo la respiración.
—¿Qué quieres? —murmuró, incómodo.
La cucaracha no se movió. Bichi se levantó, hizo ademán de espantarla con la mano. Nada. Se agachó, acercó el rostro. Los ojos diminutos, imposibles de leer, parecían fijos en los suyos. Quiere hablar, pensó, y la idea le pareció tan ridícula como verdadera.
Entonces vino el suplicio. Bichi levantó el pie, calzado con una bota de suela gruesa. La posó en el aire, a un milímetro sobre el lomo de Jondi. La presión atmosférica debió cambiar, la sombra debió cubrirlo todo para la criatura. Pero Jondi no huyó. No hubo pánico, ni siquiera un leve temblor de antenas. Se quedó ahí, expuesto y sereno, como un mártir ante el altar de lo arbitrario.
Bichi levantó el pie una y otra vez, comprobando que aún estuviera allí. Cada vez que la suela se alzaba, revelaba a Jondi en la misma postura, intacto, casi desafiante. ¿Era valentía? ¿Era resignación? ¿O era sólo una cucaracha demasiado vieja o demasiado sabia para temer lo inevitable?
—Estás en suplicio —dijo Bichi en voz baja—. Yo soy tu suplicio.
Pero al decirlo, sintió que los roles se invertían. Él era
quien estaba suspendido en un gesto absurdo, repitiendo un acto vacío, esclavo
de su propia violencia contenida. Jondi, en cambio, era pura presencia. Pura
aceptación.
Bajó el pie al suelo, al lado del insecto. Le había perdonado la vida, pero más que un perdón, fue una rendición. Jondi Bujaile, después de unos segundos, se marchó caminando con calma hacia la sombra bajo el refrigerador, sin prisa, como quien se retira después de una conversación intensa.
Al día siguiente, Bichi se lo contó a Julián, su amigo.
—Se llamaba Jondi Bujaile —dijo, como presentando a un colega.
—Suena a cucaracho con bigote y biblioteca —rio Julián—. ¿Y si no era
suplicio? ¿Y si sólo quería filosofar un rato? Una cucaracha existencialista,
atrapada no bajo un zapato, sino bajo el peso de su propia conciencia.
La charla derivó en preguntas sin respuesta: ¿puede haber valor sin miedo? ¿Es la indiferencia una forma de sabiduría? ¿Y si lo que llamamos “plaga” es sólo una civilización paralela que nos observa con la misma perplejidad? No tomaron vino; Bichi el de los bichos es abstemio. Pero la sobriedad no les impidió sentir el vértigo de lo pequeño, la enormidad de un gesto mínimo bajo la luz de la cocina.
Jondi Bujaile no volvió a aparecer. La infestación disminuyó poco
después, como si su ejemplo de valentía —o su testaruda quietud— hubiera
inspirado a las demás a buscar horizontes más amplios. Bichi a veces mira el
suelo y recuerda aquel suplicio compartido, aquel diálogo sin palabras, y
piensa que, en el fondo, todos somos, a veces, una cucaracha frente a un zapato
suspendido… esperando, tal vez, que alguien decida bajar el pie y cambiar de
historia.