La Revelación de Medianoche de Bichi B. S.
Existe una línea muy fina entre la genialidad y la locura, y
mi amigo Bichi B. S. la pisa con la elegancia de un elefante en una tienda de
porcelana todas las noches. Su santuario no es un monasterio tibetano, sino su
apartamento, donde ejerce de filósofo residente para un público peludo y, en
general, bastante desinteresado: sus gatitos y su conejita, Copo.
Bichi sostiene, con una seriedad que rivaliza con la de un
noticiero, que sin el juicio silencioso de sus mascotas, su hogar sería
simplemente cuatro paredes. Ellas son las musas de sus cavilaciones más
profundas, las receptoras de sus monólogos sobre el sentido de la vida, la
existencia de los agujeros en el queso y, por supuesto, los fallos de diseño
del universo.
La anécdota cumbre de esta simbiosis ocurrió anoche, cuando
el reloj marcaba una hora indecente para estar consciente. Bichi, envuelto en
su bata y en sus pensamientos, observaba a Copo, la conejita, en su ritual
nocturno.
Copo es, por naturaleza, un ser de contrastes. Para avanzar
es un derrumbe con patas: da pasitos titubeantes, se distrae con una mota de
polvo, tropieza con sus propias orejas y mira fijamente a la nada como si
estuviera recalculando la ruta de su vida. Es la encarnación de la duda
existencial sobre cuatro patas.
Pero en reversa... ¡ah, en reversa es una flecha! Si algo la
asusta o simplemente decide que ya no le gusta el lugar donde está, activa una
marcha atrás que desafía las leyes de la física. Es un pequeño cohete en
retroceso, un DeLorean peludo que viaja hacia el pasado a una
velocidad alarmante, con la precisión de un misil teledirigido.
Bichi, tomando un sorbo imaginario de su té (en realidad era
agua del grifo), observó este fenómeno con la concentración de un científico a
punto de descubrir la penicilina. Vio a Copo avanzar con la torpeza de un
astronauta en gravedad cero hacia un trozo de lechuga, sólo para retroceder de
un susto repentino a una velocidad que haría palidecer a un Ferrari.
Y entonces, en la quietud de la madrugada, le llegó la
epifanía. La chispa divina de la absurdidad iluminó su cerebro. Con los ojos
brillantes, se dirigió a sus gatos, que lo miraban desde el sofá con expresión
de "este humano ha perdido definitivamente el juicio".
"¡Lo tengo!" exclamó Bichi, señalando a la
desprevenida Copo. "¡Creo que la naturaleza se ha equivocado con los
conejos! ¡Les ha puesto la cabeza al frente en vez de en la cola!"
Los gatos, por su parte, intercambiaron una mirada. Para
ellos, la conclusión era obvia: su humano había llegado al pináculo de su
carrera como filósofo doméstico.
Bichi se recostó en su sillón, satisfecho. Había resuelto
uno de los grandes misterios de la zoología. No era que Copo fuera torpe, es
que el manual de instrucciones venía mal ensamblado. Su cabeza, con sus ojos
laterales perfectos para detectar depredadores, estaba claramente diseñada para
ir en la parte de atrás, vigilando el terreno que acababa de abandonar a toda
velocidad. La cola, ese pompón inútil, debía ir al frente, quizás solo como
decoración.
Desde entonces, Bichi mira a Copo no con preocupación, sino
con la admiración de quien ve un prototipo experimental. Y en las tranquilas
noches, mientras filosofa para sus adentros, no puede evitar sonreír al pensar
que su hogar no sólo es un refugio para sus cavilaciones, sino también el lugar
donde se rediseñan, con un humor absurdo y maravilloso, los planos de la
creación. Al fin y al cabo, si no puedes reírte de los errores de la evolución
a las 3 de la mañana con una conejita, ¿de qué puedes reírte?
Por Julián Luján en aprecio por la amistad de Bichi B.S.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
¡Comenta! Gracias.