miércoles, 19 de noviembre de 2025

 



La Revelación de Medianoche de Bichi B. S.

Existe una línea muy fina entre la genialidad y la locura, y mi amigo Bichi B. S. la pisa con la elegancia de un elefante en una tienda de porcelana todas las noches. Su santuario no es un monasterio tibetano, sino su apartamento, donde ejerce de filósofo residente para un público peludo y, en general, bastante desinteresado: sus gatitos y su conejita, Copo.

Bichi sostiene, con una seriedad que rivaliza con la de un noticiero, que sin el juicio silencioso de sus mascotas, su hogar sería simplemente cuatro paredes. Ellas son las musas de sus cavilaciones más profundas, las receptoras de sus monólogos sobre el sentido de la vida, la existencia de los agujeros en el queso y, por supuesto, los fallos de diseño del universo.

La anécdota cumbre de esta simbiosis ocurrió anoche, cuando el reloj marcaba una hora indecente para estar consciente. Bichi, envuelto en su bata y en sus pensamientos, observaba a Copo, la conejita, en su ritual nocturno.

Copo es, por naturaleza, un ser de contrastes. Para avanzar es un derrumbe con patas: da pasitos titubeantes, se distrae con una mota de polvo, tropieza con sus propias orejas y mira fijamente a la nada como si estuviera recalculando la ruta de su vida. Es la encarnación de la duda existencial sobre cuatro patas.

Pero en reversa... ¡ah, en reversa es una flecha! Si algo la asusta o simplemente decide que ya no le gusta el lugar donde está, activa una marcha atrás que desafía las leyes de la física. Es un pequeño cohete en retroceso, un DeLorean peludo que viaja hacia el pasado a una velocidad alarmante, con la precisión de un misil teledirigido.

Bichi, tomando un sorbo imaginario de su té (en realidad era agua del grifo), observó este fenómeno con la concentración de un científico a punto de descubrir la penicilina. Vio a Copo avanzar con la torpeza de un astronauta en gravedad cero hacia un trozo de lechuga, sólo para retroceder de un susto repentino a una velocidad que haría palidecer a un Ferrari.

Y entonces, en la quietud de la madrugada, le llegó la epifanía. La chispa divina de la absurdidad iluminó su cerebro. Con los ojos brillantes, se dirigió a sus gatos, que lo miraban desde el sofá con expresión de "este humano ha perdido definitivamente el juicio".

"¡Lo tengo!" exclamó Bichi, señalando a la desprevenida Copo. "¡Creo que la naturaleza se ha equivocado con los conejos! ¡Les ha puesto la cabeza al frente en vez de en la cola!"

Los gatos, por su parte, intercambiaron una mirada. Para ellos, la conclusión era obvia: su humano había llegado al pináculo de su carrera como filósofo doméstico.

Bichi se recostó en su sillón, satisfecho. Había resuelto uno de los grandes misterios de la zoología. No era que Copo fuera torpe, es que el manual de instrucciones venía mal ensamblado. Su cabeza, con sus ojos laterales perfectos para detectar depredadores, estaba claramente diseñada para ir en la parte de atrás, vigilando el terreno que acababa de abandonar a toda velocidad. La cola, ese pompón inútil, debía ir al frente, quizás solo como decoración.

Desde entonces, Bichi mira a Copo no con preocupación, sino con la admiración de quien ve un prototipo experimental. Y en las tranquilas noches, mientras filosofa para sus adentros, no puede evitar sonreír al pensar que su hogar no sólo es un refugio para sus cavilaciones, sino también el lugar donde se rediseñan, con un humor absurdo y maravilloso, los planos de la creación. Al fin y al cabo, si no puedes reírte de los errores de la evolución a las 3 de la mañana con una conejita, ¿de qué puedes reírte?

Por Julián Luján en aprecio por la amistad de Bichi B.S.

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