sábado, 10 de marzo de 2012

Cuento demasiado corto.



Quien diría que por andar ebrio nadie me prestaría atención, pensaba para mis adentros, no era la acostumbrada embriaguez que da el licor o cualquier otro enervante, andaba  intoxicado de amor, amor del bueno si se le puede atribuir más a la hermosa palabra que define la felicidad completa, pero como nada esta oculto a los ojos de Dios y menos a la voyeurista humanidad; esa a la que le causa placer estar de mirona.
Pues sucedió un día que caminaba por el parque de muy poblada ciudad, aunque en ese momento me sentía solo; estaba rodeado de infinidad de personas, esperando estaba a la chica que meses antes me había robado el corazón, miraba cada cinco minutos mi reloj de pulsera, con el paso de los minutos recorría la acera de una esquina del parque a la otra y de vuelta, nadie saludaba, ya no son días de cordialidad en ninguna ciudad del mundo. El frío comenzaba a azotar con cada vez más fuerza, calaba hasta la médula de mis huesos. Un frío que sin ella se sentía aun más intenso, la tarde despedía a los transeúntes y la soledad afianzaba su morada a la sombra alargada de los árboles. Cuanto más veía mi reloj menos avanzaba el tiempo que; debía cumplirse, para verla de nuevo con su airoso caminar de fina dama, terminé por sentarme en una banca a la luz del pálido sol, éste ya se disponía a encontrarse con la luna en sus eternas citas y continuas escondidas. Mi mente producía todo tipo de posibles eventos para el momento de encontrarme con ella; un abrazo que no dejaría jamás de sentir hasta el centro de mis entrañas, no ponía atención a nada que no fuera mi propia imaginación, mi corazón ya latía fuerte y con ritmo acelerado. Presintiendo el arribo por demás deseado; volví mi vista a mi muñeca izquierda, ordenando al tiempo que se acelerara. Pensando en ver las manecillas que ya hubieran avanzado; milímetros de distancia para llegar a la hora acordada, nada.
Una eternidad en soledad me aprisionaba el alma, suspiré profundo para tranquilizarla, de pronto el tiempo traicionero la hora se brincaba. Sin notarlo del todo ya se había atrasado con más de un cuarto de hora y todavía mis ansias de verle no minaban, algo extraño pasaba, me decía a mi mismo que de ella no dudara. No era posible que faltara pues siempre puntual a las citas llegaba, la desesperación me hacía sudar frío en el ya ambiente helado y desolado, quise mantener la paciencia tratando de hacer plática con quien fuera para la cordura no perder. En eso cavilaba cuando un anciano que al parecer tenía todo el rato observándome; se acercó pausada y tranquilamente...  Joven; me dijo en tono seco, firme y rasposo pero agradable, como toda persona llena de experiencias y muy larga vida andada.
"He notado que esperas y por la postura que tomas ha de ser a una linda muchacha, y, no puedo menos que decirte que me causa gracia"
¿Pero como que le causa gracia? Acaso no tiene cosas mejores que hacer. Le amonesté.
Me levanté abruptamente sintiendo pena ajena que inmediatamente me arrepentí, volví sobre mis pasos y me senté, comenzamos a dialogar como si fuéramos dos viejos amigos... Ella... No llegó.

Julián Luján

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